Descubrí el libro Blanco de la autora Han Kang en la sección de novedades buscando un libro para entretenerme en la heladería de la plaza comercial mientras pasaba una tormenta. El sello editorial «Random House», la reseña «una mujer en un país extranjero empieza a recordar memorias de su pasado» y el cintillo «Premio Nobel de Literatura» me animaron a comprarlo. El precio $199 (alrededor de 10 USD) no me pareció excesivo en su momento, todo lo contrario. Pero al terminar de leerlo no pude evitar sentirme estafado.
Opinión de Blanco de Han Kang
El libro tiene una estructura peculiar: una serie de capítulos en los que el color blanco de determinados objetos es una constante, unidos por breves recuerdos y reflexiones de la autora. A ratos se asemeja a una antología poética, aunque la narración consigue dar cierta continuidad, como si se tratara de una novela fragmentaria.
Pronto entramos en un hecho traumático para la autora: la muerte de su hermana, a la cual nunca conoció y que murió segundos después de haber nacido. Ese suceso dejó una herida profunda y dio origen al libro como una forma de duelo. El problema es que dicho duelo se materializa en objetos que resultan, excesivamente cursis: “patita de recién nacido”, “risa blanca”, “mariposa blanca”. A la traducción en español podríamos haber agregado “té de ramo blanco” y por lo menos la lista tendría algo más de interés.
El libro incluye fotografías de los objetos mencionados, concebidas de manera simultánea a la escritura. Esto termina por darle un aire de viñetas para una exposición de arte contemporáneo, en el peor de los sentidos.

Mi molestia con Blanco no fue solo por lo pretencioso, sino porque se siente como una tomadura de pelo. Una novela corta que parece más bien el proyecto inconcluso de una estudiante universitaria que se lamenta constantemente por haber perdido a una hermana que nunca conoció. No quiero imaginar cómo serán sus lamentos cuando pierda a las personas con las que convive diariamente. Y, para colmo, tuve que pagar por el libro: si al menos me lo hubieran regalado, tendría con quién desquitarme.
He de admitir que la calidad de la escritura es indudable, las imágenes y temas que evoca pueden resultar conmovedores, pero no justifican el despropósito de esta obra. Probablemente las expectativas influyeron en mi decepción: el cintillo con el “Premio Nobel de Literatura” y mis recientes lecturas de literatura asiática –Soy un gato y Botchan de Natsume Sōseki– me hicieron esperar mucho más. Como solía decir una amiga: «La expectativa es la madre de todas las frustraciones». Y sí.
Reseña de La clase de griego de Han Kang
Creo en las segundas oportunidades, y estaba convencido de que la escritora de moda, ganadora del Nobel, podría atraparme como a otros lectores. Prueba de ello es que inmediatamente adquirí un segundo libro de Han Kang: La clase de griego, por un precio similar.

Esta novela relata el encuentro entre un profesor de griego antiguo que está perdiendo la visión a causa de una enfermedad que padece desde la infancia, y una estudiante que ha perdido la capacidad del habla misteriosamente, aparentemente por un trauma reciente.
A diferencia de Blanco, aquí la estructura juega no solo con saltos temporales, sino también con los tiempos verbales. Algunos capítulos siguen la perspectiva del profesor –en primera persona– y otros la de la estudiante –en tercera persona.
La historia es interesante, aunque no logró cautivarme del todo. Probablemente lo más entrañable son los recuerdos del profesor, quien vivió la diáspora al estudiar en Alemania, donde conoció a uno de sus mejores amigos en la carrera de filosofía: Joachim Grundell y quien le confiesa su amor homosexual, al cual no puede corresponder porque está enamorado de la hija de su oftalmólogo.
Aunque su aparición es breve, Joachim –de salud frágil y siempre consciente de la fugacidad de la vida– introduce temas que se antojan harto interesantes.
«Porque huí a toda prisa dejándote una herida profunda,
porque te eché la culpa de todo,
porque no pude dormir de lo mucho que te eché de menos,
porque te añoré con locura deseando que no fueras tú.»
El misterio de la pérdida del habla de la estudiante se va desvelando poco a poco, o tal vez no. No se trata de un problema físico: podría ser psicosomático o simplemente un capricho.
En el plano narrativo, me resultó interesante la manera en que Han Kang resuelve las interacciones entre ambos protagonistas dadas sus limitaciones (él no puede ver, ella no puede hablar). Aunque el encuentro ocurre desde los primeros capítulos, no es hasta la tercera parte que se ven realmente obligados a interactuar.
En este caso, destaco la calidad de la escritura, los simbolismos –que, lejos de parecerme cursis como en Blanco, resultan acertados–, la sutileza de las situaciones y recuerdos de los protagonistas, y la capacidad de la autora para crear imágenes cargadas de nostalgia y arrepentimientos a través de las palabras.
«Me había subido al autobús equivocado y quería bajarme, pero no sabía cuál debía tomar.»
¿Vale la pena leer a Han Kang?
Leer a Han Kang ha sido una experiencia con sentimientos encontrados. Blanco me pareció un ejercicio fallido: más cercano a una instalación artística extranjera en Zona Maco que a una novela, pretenciosa y cursi en su afán de poetizar el duelo.
La clase de griego, en cambio, aunque no me cautivó por completo, mostró una propuesta más sólida y equilibrada: personajes mejor construidos, simbolismos menos forzados y un estilo narrativo que logra transmitir melancolía y reflexión.
Sin duda, Han Kang tiene grandes méritos, pero también una tendencia a experimentar al punto de volverse insufrible. Después de estas dos lecturas sigo sin sentirme atrapado por la autora coreana, pero entiendo el por qué ha conectado con millones de lectores, su capacidad para generar imágenes poéticas para ilustrar sentimientos de dolor, duelo y lo efímero de la vida.

