Hportada del libro Humillación en redes sociales

Humillación en las redes y Emilia Pérez

En 2018 inicié el año leyendo un libro del autor Jon Ronson titulado Humillación en las redes (So You’ve Been Publicly Shamed, 2015).

La primera vez que escuché acerca de este libro fue leyendo una columna del mismo autor titulada Cómo un estúpido tweet arruinó la vida de Justine Sacco (How One Stupid Tweet Blew Up Justine Sacco’s Life) en el New York Times. En ese artículo, Ronson nos introduce al tema de la «furia colectiva» con la historia de Justine Sacco, una directora de comunicación corporativa de 30 años que, antes de abordar un avión, publicó en su perfil de Twitter con menos de 170 seguidores: «Going to Africa. Hope I don’t get AIDS. Just kidding. I’m white».

El tweet de Justine Sacco: Going to Africa. Hope I don’t get AIDS. Just kidding. I’m white

Fue esta desafortunada broma la que desató la ira de miles de personas exigiendo «justicia». La indignación escaló a tal punto que algunos usuarios rastrearon su vuelo y la esperaban a su llegada en el aeropuerto de Sudáfrica.

Usuarios en redes tomando fotos de Justine Sacco a su llegada al aeropuerto Cape Town International en Sudáfrica.

Humillación Digital: La Era

Justine Sacco perdió su trabajo y se convirtió en un símbolo del poder de la humillación pública en redes sociales. Aunque reconoció su error, perder su trabajo fue el menor de sus problemas, tuvo que vivir meses con el miedo de ser reconocida en la calle y vivirá para siempre con el estigma de haber sido perseguida, vituperada y juzgada por millones de personas que sólo la conocían por un puñado de tweets en redes sociales.

Justine tiene algo claro: la respuesta de las personas fue una respuesta desmesurada, un castigo que simplemente no encaja con el «crimen» que cometió.

Vendedor de manzanas en Aladdin aplicando la ley de Talión a Jasmine por robar una manta
Aladdin, 1992

La historia de Justine Sacco me pareció escalofriante. No sólo por Justine, víctima de una horda de personas cegadas por la ira, si no por la existencia de esas millones de personas motivadas por el enojo y un sentido de justicia torcido que habitan en redes sociales.

No soy un experto en derecho, pero cuando la condena de un crimen supera el agravio causado, no podemos llamarla justicia, sino todo lo contrario.

Locura colectiva y degradación de la sociedad

El caso de Justine Sacco no es un hecho aislado, sino un síntoma de un fenómeno social más profundo. En el quinto capítulo del libro, Jon Ronson nos adentra en la teoría de la «locura colectiva», explorando la obra Psicología de las masas del francés Gustave Le Bon. Su hipótesis es aterradora: cuando los humanos forman parte de una multitud, pierden el control sobre su comportamiento.

Gastón avivando a una multitud enfurecida para asesinar a la bestia
La Bella y la Bestia, 1991

«Lo único que mueve a una multitud son los sentimientos exaltados. Exagere, afirme, recurra a la repetición y nunca intente demostrar nada con razonamientos» – Gustave Le Bon, Psicología de las masas.

Este principio se ha demostrado en múltiples estudios, incluido el famoso experimento de la Prisión de Stanford de Philip Zimbardo, donde los participantes que asumieron el papel de “guardias” mostraron conductas sádicas y abusivas hacia los “prisioneros”, incluso cuando en la vida real eran personas comunes y corrientes. Inferimos que el anonimato y el poder pueden convertirnos en los más despiadados verdugos.

Ronson advierte que este mismo mecanismo ocurre en redes sociales: la indignación se hace más grande, el castigo se vuelve desproporcionado y nadie escucha razones.

Emilia Pérez: de qué hablamos cuando hablamos.

La historia de Justine Sacco es, de hecho, escalofriante. Imaginemos que a partir de hoy, todos somos juzgados por 140 caracteres. Peor aún, por 140 caracteres que probablemente, poca gente leyó, pero «les contaron».

Bueno, pues algo así pasó con Emilia Pérez –la película del director francés Jacques Audiard– en México: la película aún no se estrenaba, pero a partir de unos fragmentos donde Selena Gómez y Zoe Saldana cantan y actúan con un español «pocho», una masa iracunda y ofendida decidió que la película era mala. Así, sin ni siquiera haberla visto. A esto se sumó una serie de declaraciones desafortunadas por parte de su director y su protagonista (Karla Sofía Gascón quien interpreta a Emilia Pérez) lo cual fue la tormenta perfecta para que la película se ganara el repudio de un país.

La lista de los males y vicios que se le achacan a Emilia Pérez es larga, pero poco abonan a mi puntos el cual es que: no deberíamos juzgar una película sin haberla visto. Tenemos el derecho a no querer ver Emilia Pérez, tenemos el derecho a ver Emilia Pérez y decir que no nos gustó, pero juzgar algo sin conocerlo tiene un nombre y se llama prejuicio.

Aún más importante: no deberíamos ser presas de una masa iracunda simplemente porque al tiktoker de moda le pareció desproporcionado que nominaran a una película 13 veces a los premios Oscar. O porque un comediante en decadencia encuentra risible que una actriz hable pocho. O porque no nos gustan las formas de su director y su protagonista.

El juicio final

La realidad es que, al igual que en los casos que expone Jon Ronson, el juicio a Emilia Pérez no fue producto de un juicio informado, al menos en su mayoría (las recientes cifras de asistencia en cines mexicanos lo confirman), sino de una reacción visceral la cual se vio amplificada en redes sociales, donde las verdades a medias y las mentiras dichas mil veces se volvieron realidad.

Monsters Inc, 2001

En su libro Jon Ronson advertía del oscurantismo que se gesta en sociedades que utilizan la humillación pública como castigo, el cual fue dejada de usarse en las sociedades más avanzadas del siglo XIX debido a la crueldad y las consecuencias en sus víctimas. A saber, muchas de ellas cometían suicidio debido a la brutalidad de las humillaciones.

Cien años más tarde, la humillación pública se hace presente nuevamente a través de las redes sociales, los verdugos: usuarios poco informados, con un span de atención limitado y fácilmente influenciables. Qué las redes sociales nos agarren confesados.